Ataque de pánico
La misma Cristina Fernández, que en medio de un arranque de furia ordenó armar "una carpeta" contra Jorge Bergoglio apenas su vocero le avisó tímidamente en la tarde del miércoles que era el nuevo Papa, fue la que 24 horas después llamó a Carlos Zanini para que hiciera callar en el acto a los que ya inundaban Twitter y los programas matinales de radios con acusaciones, chicanas y deplorables groserías contra el nuevo representante de Dios en la Tierra.
La presidenta, en medio de sentimientos encontrados hacia el hombre al que siempre consideró uno de sus peores enemigos políticos, sino el más enconado, viró en redondo cuando su entorno la convenció de que embestir contra el Papa le daría "mala prensa", según se lo describió textualmente el secretario de Inteligencia, Héctor Icazuriaga, en esa tarde negra para ella y el grueso del gobierno. Así, el vicepresidente Amado Boudou recibió una orden expresa de Zanini de evitar sumarse a los exabruptos que su pareja, Agustina Kampfer, o el impresentable Luis D'Elía, le dedicaban por esas horas al flamante Sumo Pontífice a través de las redes sociales.
Igual, por esas horas y las que le siguieron mientras el mundo empezaba a asombrarse por los primeros pasos de un Papa lleno de gestos de humildad y desprendimiento, no se entendió sino por aquel costado plagado de rencor el enojoso silencio de la Cancillería. Que fue a tono, vale señalar, con aquella paupérrima demostración de "afecto" que despertó en la presidenta la entronización de Francisco. Tres palabras en Twitter, un comunicado formal que no es distinto del que se escribiría para saludar la asunción del presidente de una ONG barrial, y apenas la felicitación "al primer Papa latinoamericano" durante un acto en Tecnópolis. Ni una línea de Héctor Timerman, que es ministro de Relaciones Exteriores y Culto, ni del secretario de Culto, Guillermo Olivieri, ni de la Dirección de Culto del Palacio San Martín, que suele redactar esas salutaciones aunque más no sea porque las ordena el Protocolo y Ceremonial.
En suma, Cristina tardó 24 horas en reconocer que Bergoglio será desde ahora el jefe de mil doscientos millones de católicos en todo el mundo, y no el candidato de la oposición para las estratégicas elecciones de octubre, en las que ella se juega las pocas esperanzas que le quedan para intentar pasar a la eternidad. Una eternidad que tendrá, en cambio, en el ejercicio de su Pontificado, y por allí habría que buscar la razón del fortísimo encono presidencial, el sacerdote autor de sus peores desvelos.
La presidenta tendrá ahora que escuchar a Bergoglio, le guste o no. Será el martes, en la misa de coronación en la Plaza de San Pedro, donde el protocolo le concederá un lugar preferencial. Y mañana, en la audiencia privada que el Papa le concedió en la Iglesia de Santa Lucia. Justo Cristina, que dejó de ir a los Tedeum de la Catedral para no escuchar la palabra filosa del entonces cardenal. Es muy pesado. Tanto, que hubo consultas entre funcionarios de Ceremonial de la Casa Rosada y el Palacio San Martín, y de estos con la Nunciatura Apostólica local y con el protocolo de la Santa Sede, para saber si Cristina está obligada a inclinarse ante el Papa y besar el anillo del Pescador. O si puede obviar ese trámite. Asimismo, esas consultas por vía reservada a la Santa Sede habrían alcanzado a la necesidad de develar otro entuerto de Cristina, que fue enterarse de que Brasilia anunciaba oficialmente que Francisco recibirá en audiencia especial a Dilma Roussef, seguramente porque Río de Janeiro será la primera ciudad que visitará el Papa en julio, cuando tenga que asistir a un encuentro mundial de juventudes que debió inaugurar el renunciante Benedicto XVI. Se sostiene en inmejorables fuentes del gobierno que la relación con Dilma ha entrado en un pozo y que los peores momentos están por venir. Por eso se agiganta la importancia de la cumbre que ambas mantendrían a fines de abril en El Calafate. Y tal vez por la misma razón, los misterios del protocolo vaticano suelen ser insondables, fue que ayer se anunció que también el papa se hará un hueco para recibir a Cristina.
Por allí pasa todo. El cimbronazo que sintió la presidenta el miércoles por la tarde en Olivos, que todavía le dura, está relacionado directamente con un elemento que entregan los propios confidentes del gobierno, allí donde desde ese momento se comenzó analizar del derecho y del revés las consecuencias locales del papado de Francisco. Tiene que ver con la obsesión que embarga a Cristina por la influencia que el Santo Padre pueda tener en la política argentina, y en la inmensa masa de fieles católicos que viven en la Argentina, cerca del 90 por ciento del total de todos los credos. Pero más particularmente si esa influencia se puede extender a lo que pueda pasar con las elecciones legislativas de octubre.
Un primer indicio fue palpable desde el mismo momento en que ella se enteró de la noticia. Sus palabras, pocas, y sus gestos, se parecieron mucho a una competencia con Bergoglio. A enfocarse en el enemigo de turno. Como si Francisco fuese candidato por la oposición y no un hombre al que sus pares cardenales acaban de elevar universalmente por sobre las miserias políticas locales. Durante un acto el jueves en Avellaneda, todos leyeron lo que había que leer cuando ella dijo que no va a dar ni un solo paso atrás, después de que el Papa hablara en Roma sobre la humildad y la dedicación a los pobres. El día antes, mientras el mundo estallaba de euforia y admiración hacia el hombre que primero que nada pedía a la muchedumbre que rezara por él, le endilgó desde Villa Martelli: "Nadie ha hecho en la Argentina tanto como nosotros por los pobres".
Ya estaba en marcha aquella operación para ensuciar al Papa que había ordenado montar, y que se vio obligada a desechar, entre otras cosas, además de las apuntadas, porque comprobó que aliados extremos suyos de la región, como Nicolás Maduro, Rafael Correa, Daniel Ortega, y el mismísimo Fidel Castro, habían desechado ese recurso de vuelo bajo y mostraban su esperanza por la coronación de Francisco y sus efectos en el contexto latinoamericano. Un ateo confeso como Pepe Mujica le dio por esas horas una lección a su católica colega rioplatense: "Bienvenido sea si es para bien del Sur".
Aquella mirada absolutamente sesgada sobre la influencia papal en la política criolla y un eventual corrimiento hacia lo que pueda ocurrir en octubre tuvo que ver con el fuerte arraigo que Bergoglio tuvo y tiene en vastos sectores de la oposición. De Gabriela Michetti a Elisa Carrio, de Ricardo Alfonsín a Daniel Scioli, de Eduardo Amadeo a Hermes Binner, todos privilegiados en su momento con la atención y la palabra, y de algún modo con la acción, del flamante Sumo Pontífice. ¿Se trasladará esa impronta a las urnas de octubre? Es la pregunta que, aunque pueda parecer frívola, se hacían el viernes en despachos de la Casa Rosada.
Por esa misma razón, en todo caso, habría que entender la voltereta de Cristina y la andanada de elogios al Papa que expusieron en fila cristinistas y peronistas aliados como Gabriel Mariotto, Fernando Navarrro, Emilio Pérsico, Jorge Capitanich, José Luis Gioja y varios más, en un intento que se verá con el tiempo si resultó tardío para tapar los exabruptos de Verbistky, Carlotto, D'Elía y el resto de la tropa.
Por esa misma razón, en todo caso, habría que entender la voltereta de Cristina y la andanada de elogios al Papa que expusieron en fila cristinistas y peronistas aliados como Gabriel Mariotto, Fernando Navarrro, Emilio Pérsico, Jorge Capitanich, José Luis Gioja y varios más, en un intento que se verá con el tiempo si resultó tardío para tapar los exabruptos de Verbistky, Carlotto, D'Elía y el resto de la tropa.
Todo ocurre, pare peor, en un contexto en el cual a la presidenta se le están quemando los papeles y se le están acabando las recetas. Apenas una enumeración: el retiro de la empresa Vale es un dato ilevantable para el derruido "relato", y no sirve la bravuconada de decir que "al proyecto lo haremos con o sin Vale", como pontificaron Julio De Vido y el gobernador mendocino, Francisco Pérez. Porque la pregunta es de dónde van a sacar los fondos. No hay inversiones, Ignacio de Mendiguren acaba de advertir que "el tren nos está pasando de nuevo y nosotros estamos peleando en el andén". La norteamericana Chevron amenaza con abandonar el proyecto de Vaca Muerta, el dólar negro pasó el viernes los 8 pesos, el gabinete es un hervidero por el rechazo que provoca Guillermo Moreno con su tarjeta de crédito exclusiva para supermercados y negocios, la inflación sigue imparable, y encima a punta de pistola, porque hay congelamiento de precios. Y lo más grave, por si faltase algo, es que no hay recetas para la quimera de la re-re. Hasta un aliado como Eugenio Zaffaroni viene de bajarle el pulgar al intento de perpetuación de la presidenta. Dijo desde La Pampa sin ningún eufemismo que no es conveniente que el gobierno intente forzar una reforma de la Constitución para conseguir la re-reelección de Cristina Fernández.
Si a ese contexto se le añade la elección de Bergoglio, no es aventurado arriesgar que la presidenta está ante un panorama negro como pocas veces, y que el relato cada vez alcanza menos para tapar. Se entienden las rabietas de alguien que se prepara para gobernar con mandato a plazo fijo, tratando sólo de no perder poder, y para colmo de males con la mirada atenta todo el tiempo a los aposentos del Vaticano para ver qué dice o qué hace el Papa Francisco. Tal vez el más grande icono de la antinomia amigo-enemigo que la ha envuelto todos estos años.

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