Lo que nadie ha contado de Chávez
Desde que este hombre murió, ríos de tinta han dejado patente las condolencias, lamentos, lloros y pesares de los más dispares personajes hacia su persona. El populismo que abanderó el dirigente venezolano parece haber cegado la lucidez, cuanto menos, de los periodistas de dentro y fuera de Venezuela. Porque le han ensalzado demasiado, porque parece que todos los venezolanos se van a morir de pena, porque parece que no hay dirigente de país alguno que no lamente su desaparición. No sé, pero, a lo mejor, la capacidad que tuvo Chávez para arengar y poner un énfasis enfervorecido en sus palabras, capaz de arrastrar a las masas, también ha seducido a la prensa.
Porque, para mí, hay demasiadas cosas que ocultan esos gritos y lamentos que escucho por un “padre de la patria” que deja un país destrozado, a criterio de muchos venezolanos y expertos analistas económicos.
Haciendo un poco de memoria, hay que recordar que el autoproclamado demócrata y patriota Chávez intentó un golpe de estado en 1992 siendo presidente Carlos Andrés Pérez. Esto lo pagó, únicamente, con dos años de cárcel, porque Rafael Caldera le indultó. Sin embargo, tenía claro que quería ser presiente de Venezuela y, ya por medios democráticos, lo consiguió en 1998.
Un año después de sentarse en el sillón presidencial, derogó la Constitución de 1961 y se fabricó una nueva, más a su gusto; eso sí, con el beneplácito de casi un 72% de los venezolanos que votaron en el referéndum que convocó al efecto, pero con el rechazo de los partidos tradicionales. A pesar del hipotético apoyo de la población, el descontento quedó patente en 2002, cuando, mediante un golpe de estado encabezado por un industrial, se le mantuvo fuera del poder, aunque solamente durante dos días, puesto que el ejército cerró filas en su defensa y le restituyó la presidencia.
Desde entonces, el chavismo ha hecho y deshecho a su antojo. No voy a entrar en detalles para no aburrir al lector y porque no es mi intención enumerar los desmanes que han cometido. Lo que quiero es dejar constancia de la violación sistemática de los derechos humanos en ese país, y de la situación por la que atraviesan los jóvenes profesionales.
Tras la muerte de Hugo Chávez, Human Rights Watch (una de las principales organizaciones no gubernamentales dedicada a la investigación, defensa y promoción de los derechos humanos) emitió un comunicado según el cual, los años en que dirigió el país (1999-2013) se caracterizaron por una alarmante concentración de poder e indiferencia absoluta por las garantías básicas de los derechos humanos. A pesar de que la Constitución que se aprobó en 1999 ofrecía amplias garantías de DD HH, Chávez y sus correligionarios tomaron el control del Tribunal Supremo de Justicia y debilitaron la capacidad de periodistas, organizaciones cívicas y de los venezolanos en general de ejercer sus derechos fundamentales.
Por otra parte, una vez que alcanzó la presidencia por segunda vez, puso en marcha una mayor concentración de poder, erosionando aún más los derechos de los ciudadanos. Así, pudo intimidar, censurar, y perseguir judicialmente a quienes le criticaban o se oponían a sus políticas.
Aun así, los venezolanos continuaron censurando su actuación. Pero, y siempre hay un pero, la posibilidad de sufrir represalias de cualquier tipo, obligó a los profesionales de la información y a los defensores de DDHH a tener especial cuidado con las opiniones críticas; es decir, empezaron a callar.
Ya no hay voces disidentes. El pasado día 12 saltó la noticia de que Guillermo Zuloaga, presidente de Globovisión, único canal crítico con el chavismo, ya no aguantaba más y que, acosado por el Gobierno, vendía la empresa. Le obligan y acepta, pero con la condición de esperar hasta después del día 14 de abril, por si ocurre un milagro y cae el actual mandatario.
Además de no estar de acuerdo con el gobierno, otro “pecado” de esta televisión es el de transmitir de forma íntegra y en directo las informaciones emanadas de la opositora Mesa de la Unidad, la coalición de unos 20 partidos que ha elegido como candidato presidencial a Henrique Capriles. Los otros canales de capital privado y de alcance nacional, como Venevisión y Televen, hace años que comenzaron a reducir al máximo sus espacios informativos.
Así las cosas, si Maduro llegara a ganar las elecciones, se encontrará un panorama idílico en el espectro televisivo: canales del Estado puestos al servicio del Gobierno de forma permanente, y ninguno privado donde se ejerza el derecho de crítica.
Con los jueces sucedió lo mismo: empezaron a no poder pronunciarse en casos de fuertes implicaciones políticas. En 2004, la cúpula chavista aumentó el número de integrantes del Tribunal Supremo: a los 20 habituales sumó otros 12; ni que decir tiene que fueron elegidos, únicamente, los partidarios del gobierno. Así, el Tribunal actual está integrado de forma abrumadora por miembros leales al ejecutivo y, como consecuencia, ha dejado de actuar como controlador de éste.
Pero también existen jueces de tribunales inferiores que han recibido fuertes presiones para no emitir pronunciamientos que puedan disgustar al gobierno. Es que, no obedecer, lo pagan caro. En 2009, Chávez exigió públicamente que se condenara a 30 años de prisión a una jueza luego de que ésta concediera la libertad condicional a un conocido crítico del gobierno que había estado en prisión preventiva durante casi tres años sin ser juzgado. La jueza a cargo de esta causa, María Lourdes Afiuni, fue detenida y permaneció más de un año en prisión preventiva, en condiciones deplorables. Actualmente sigue cumpliendo arresto domiciliario.
Además de neutralizar al poder judicial como garante de derechos, el gobierno deChávez manifestó su repudio al sistema interamericano de protección de los derechos humanos, eludió cumplir sentencias vinculantes de la Corte Interamericana, e impidió que una comisión de este organismo efectuara una visita para comprobar “in situ” los problemas por violación de derechos humanos en el país.
En 2008, el presidente detuvo por la fuerza y expulsó en forma sumaria a representantes de Human Rights Watch, luego de que presentaran un informe donde se documentaban actuaciones que violaban el derecho internacional en el campo de los derechos humanos. Tras la expulsión de estos representantes, el entonces Ministro de Relaciones Exteriores, Nicolás Maduro, anunció que “cualquier extranjero que venga a opinar en contra de nuestra patria será expulsado de manera inmediata”.
Más recientemente, en septiembre de 2012, Venezuela anunció que denunciaría la Convención Americana sobre DD HH D, una decisión que priva a los venezolanos de un recurso que, durante años y en toda la región, ha constituido el mecanismo externo más importante para obtener una reparación por abusos, ante la inacción de la justicia del país.
Como país, votó reiteradamente en contra de las resoluciones de la Asamblea General de Naciones Unidas que condenaban las prácticas abusivas de Corea del Norte, Myanmar, Irán y Siria. Respaldó públicamente al presidente sirio Bashar al-Assad, al presidente libio Muammar Gaddafi y al presidente iraní Mahmoud Ahmadinejad, y además distinguió a cada uno con la “Orden del Libertador”, la máxima condecoración oficial otorgada por Venezuela.
Así las cosas, hace mucho tiempo que los jóvenes están abandonando el país, desalentados y sin esperanzas. Me lo contaba con pesar hace unos días una gran amiga que ha dejado su cálido Caracas natal para vivir en un país bastante más frío. Cuando Chávez subió al poder ella no tenía edad para votar, y los procesos electorales que ha vivido desde entonces, asegura, han sido siempre turbulentos, muy conflictivos y básicamente asfixiantes.
Desde el principio, los estudiantes universitarios fueron forzados a deponer cualquier protesta. Además, quienes se atrevieron a participar en un referéndum en contra del presidente quedaron registrados en la famosa lista Tascon, que sirvió como base para prohibir su ingreso en empleos públicos y acceder a beneficios del gobierno una vez concluyeron su formación académica. Ella está en la lista.
Con ese “hándicap”, recién licenciada, y en busca de su primer trabajo, mi amiga comenzó pronto a ver las dificultades para integrarse en la vida laboral, y los problemas que tenían las empresas para contratar. El Gobierno había comenzado a poner límites a las importaciones y a restringir los productos preferenciales, lo que estaba avocando a muchas sociedades a reducir personal e incluso a cerrar los negocios.
Después de varios años de asistir a cómo su país se convertía en un nido de odio y resentimiento donde se creaban ministerios inservibles, donde la capacitación de los empleados públicos era deficiente, donde era evidente que la gente de los sectores menos favorecidos recibía una pensión del gobierno por cada hijo que tenía, lo que los llevaba a decir que “para que vamos a trabajar si con la pensión que nos dan en las misiones de Chávez nos da para vivir”… Después de varios años, digo, ya no lo pudo soportar.
Porque, a su incapacidad para tolerar la apatía de sus paisanos, se sumó la inseguridad en la cual se estaba sumiendo el país, con asaltos y asesinatos indiscriminados. Y a ello, el que se empezó a vivir una auténtica locura con el control de cambio. El gobierno había asegurado que este control evitaría la fuga de capitales, pero la realidad fue que incrementó los costes en todos los productos, pues se tomaba como referencia el cambio de un dólar “paralelo”. Los dólares “paralelos” funcionaban y siguen funcionando porque las empresas y los particulares no tienen acceso al dólar oficial y recurren al mercado paralelo, cuyo precio es desorbitante. La consecuencia: los precios de los productos básicos están por las nubes.
Y la desconfianza y recelo hacia los mandatarios fue la gota que colmó el vaso. “Cómo no querer salir de allí, cuando habiendo estudiado una carrera de orden internacional te das cuenta de que no encuentras trabajo, mientras los representantes gubernamentales (cónsules, embajadores, ministros, diputados…) ejercen y tienen un sueldo sin tener ninguna preparación académica”, me confiesa. Ella sí tenía oportunidades en su país, pero supeditadas al apoyo explícito al gobierno y siempre que dispusiera de contactos que le recomendaran. De otra manera era imposible ejercer.
Tenía claro que estaba viviendo en un país en donde los profesionales estaban mal pagados, en donde los representantes gubernamentales manejaban montones de dinero, pero sólo ellos, y en donde las esperanzas del resto de los venezolanos de crecer, de tener algo en propiedad, cada vez eran más irreales…
Por todo ello, no podía seguir en una Venezuela con una gran riqueza, donde los productos básicos eran difíciles de conseguir. No podía seguir en un país con un dirigente que regalaba el petróleo y otras riquezas a países que no les aportaba beneficio alguno. No podía seguir en un país donde los médicos cubanos con carreras de tres años ocupaban los puestos de los profesionales venezolanos, bastante mejor preparados.
“Por esas y muchas más razones decidí salir de Venezuela, y lo hice con dolor, porque amo a mi país; me siento totalmente orgullosa de haber nacido allí y, creéme –concluye- que es muy duro, cuando estás fuera, ver cómo tu presidente va haciendo regalos por todos los países que visita, mientras nos va sumiendo en la miseria”. Las mismas razones, asegura, por las que se fueron la mayoría de sus compañeros de universidad.
¿Volverías ahora a tu país?, le pregunto. “Ahora es impensable”, me responde, “la delincuencia está desatada, la economía mucho peor que cuando yo me marché, y la sociedad cada día se odia y se pierde más el respeto”. “Yo quisiera volver a la Venezuela que conocí cuando era niña”, me confiesa, “a la que respetaba al prójimo fuera de la condición social que fuera, a la que no discriminaba por ello, a la que se esforzaba por crecer y alcanzar la mayor estabilidad posible, a la Venezuela donde existían valores y su presidente era una figura respetada”. A la de ahora, ni ella ni sus amigos desean volver.
Ante este panorama desolador, quien mande en Venezuela después de abril… ¿será capaz de sacar adelante el país? Nicolás Maduro, Eusebio Méndez, Reina Sequera, María Bolívar, Fredy Tabarquino, Gonzalo Contreras, Julio Mora y el opositor más significativo del partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV), Henrique Capriles, son los ocho candidatos que competirán en las elecciones del 14 de abril, suponiendo que no se cambie la fecha, claro. La elección parece estar entre Maduro (elegido por el “dios” Chávez) y Capriles.
Maduro, quien tiene a gala recordarle a Capriles y, a quien quiera escucharle, “que le gustan las mujeres”, tiene 51 años y fue conductor del Metro de Caracas. Pero su participación en las elecciones de 1998, donde Chávez resultó elegido, le aupó a puestos de relevancia en el Gobierno. Desde entonces ha bebido en las sagradas fuentes del chavismo. Así, del mismo modo que su “jefe” cambió la Constitución, él se ha permitido el lujo de hacer un “ligero” cambio para sucederle: retiró a Diosdado Cabello, presidente de la Asamblea Nacional y legítimo presidente interino, para autonombrarse él “encargado”. Ese es su historial y esos son sus méritos para dirigir el país.
Capriles, un abogado de 40 años, militante del partido Primero Justicia, es el último y más joven vicepresidente del extinto Congreso de la República y fue presidente de la Cámara de Diputados entre los años 1999 y 2000. Ejerció como alcalde de Baruta entre 2000 y 2008 y, posteriormente, como gobernador del estado de Miranda hasta 2012. A grandes rasgos, esa es su carrera política, y esa es la preparación con la que cuenta para sacar al país del marasmo y del caos en que se encuentra.
El aparato logístico del partido chavista, el PSUV, una inmensa maquinaria siempre bien engrasada, se puso en marcha en diciembre del año pasado gracias a la información confidencial que manejaban sobre la salud de Hugo Chávez. Desde entonces, poco ha trascendido, puesto que, incluso su muerte, fue anunciada bastantes horas después de producirse. Pero lo que es seguro es que llevan una gran ventaja al resto de los partidos que concurren a las elecciones.
Sin el “augusto” Chávez, aunque repitan sus discursos machaconamente y mantengan el tono populachero del extinto, las posibilidades de ganar la presidencia no son tan claras. Ahí, los venezolanos tienen la gran oportunidad de sacudirse el yugo del caudillismo, la demagogia y el patriotismo “folclórico” que ha llevado al país a hacerlo invivible.
Gracias !
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